Por: Valentina Guiot & Sheryl Guevara
Las calles se llenaron ocho días después. Un tambor comenzó a sonar antes de que la columna doblara la esquina; el eco se expandió entre los edificios mientras las primeras pancartas aparecían sobre la carrera. No era el día marcado en el calendario, sino una semana más tarde, cuando la fecha ya había pasado y, sin embargo, aún gravitaba sobre la ciudad. El Día Internacional de la Mujer no se había agotado con el cambio de página, y persistía como una pregunta abierta sobre el lugar que ocupan las mujeres en el espacio público, en la política y en la vida cotidiana.
Que la movilización ocurriera después no debilitó su sentido; lo volvió más elocuente. En un país donde la agenda política puede desplazar incluso las conmemoraciones más cargadas de historia, miles de mujeres decidieron sostener la fecha incluso cuando el calendario electoral había ocupado su lugar. Marchar una semana más tarde fue también una forma de insistencia, y constituye una manera de afirmar que la experiencia de las mujeres no puede reducirse a un día simbólico ni quedar subordinada al ritmo de las instituciones.
Lo que apareció en las calles no fue únicamente una manifestación, sino una memoria colectiva en movimiento. Cada cuerpo presente cargaba historias que, durante demasiado tiempo, han permanecido en los márgenes de lo público: violencias normalizadas, desigualdades persistentes, trabajos invisibilizados, pero también formas de resistencia que atraviesan generaciones. La marcha, en ese sentido, no fue solo un acto de protesta. Fue una acción afirmativa de que la experiencia de las mujeres constituye una dimensión estructural de la sociedad y, por lo tanto, una cuestión que no puede permanecer en la periferia.

La marcha tampoco es un hecho aislado. Llega precedida por una historia larga de luchas que han tenido que abrirse paso en estructuras sociales diseñadas sin las mujeres en el centro. Por eso, cuando las calles se llenan, lo que se hace visible no es únicamente la presencia de quienes marchan, sino también aquello que durante años ha permanecido fuera del foco; es decir, todos los trabajos de cuidado que sostienen la vida, las violencias que atraviesan lo doméstico y lo público, las desigualdades que se reproducen incluso en los espacios que se proclaman democráticos.
En ese sentido, el Día Internacional de la Mujer funciona como un momento en el que las mujeres disputan el significado mismo del espacio público y cuestionan las jerarquías que lo organizan. Marchar es poner en evidencia que aquello que suele presentarse como neutral —la política, la economía, la justicia, y la distinción entre lo público y lo privado— está atravesado por relaciones de poder que históricamente han relegado las experiencias femeninas a los márgenes.
Para comprender lo que se despliega en la calle, también es necesario volver sobre la historia de esta fecha. E8m Mno nació por el designio de una institución ni como un festejo comercial por la feminidad, sino de la necesidad de las mujeres de reconocerse como sujetos históricos invisibilizados. Sin embargo, con el paso del tiempo, su origen ha sido simplificado por narrativas que diluyen su carácter político.

Una de las más persistentes es la historia según la cual el 8 de marzo conmemora una huelga de trabajadoras textiles ocurrida en Nueva York en 1857 que terminó en un incendio provocado. Aunque esta versión mantiene una amplia circulación, la investigación histórica ha demostrado que se trata de un mito. Como recoge Temma Kaplan (1985), quien retoma los estudios de Kandel y Picq:
El informe de Kandel y Picq indica que la manifestación de las trabajadoras de la confección de la ciudad de Nueva York de 1857 fue una leyenda nacida en 1955. En su iluminador artículo, especulan sobre los orígenes de la ‘leyenda de 1857’, sobre la probabilidad de que, en 1955, fuera oportuno separar el Día Internacional de la Mujer de su historia soviética para darle un origen más internacional, más antiguo que el bolchevismo, más espontáneo que la decisión de un Congreso o la iniciativa de mujeres afiliadas al Partido. (1985, pp. 163–164)
La persistencia de este relato revela, en parte, el lugar que históricamente ha ocupado la experiencia de las mujeres en la escritura de la historia. Durante décadas, la falta de interés por documentar rigurosamente sus luchas permitió que silencios, confusiones e interpretaciones interesadas se consolidaran como versiones oficiales y ocultaran el papel que jugaron las mujeres socialistas y rusas en la consolidación de esta conmemoración.
Los antecedentes históricos del 8 de marzo se sitúan, en realidad, en las protestas obreras que atravesaron Europa y Estados Unidos a finales del siglo XIX y comienzos del XX, en medio de la expansión industrial. Uno de los hitos más citados fue la marcha de 15.000 mujeres en Nueva York en 1908, quienes exigían la reducción de la jornada laboral, mejores salarios y el derecho al voto (BBC News Mundo, 2026). Al año siguiente, como resultado de estas movilizaciones, el Partido Socialista de Estados Unidos celebró el primer Día Nacional de la Mujer el 28 de febrero (cfr. Kaplan, 1985).

El paso decisivo hacia la internacionalización llegó en 1910, cuando la dirigente comunista alemana Clara Zetkin propuso durante la Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas en Copenhague establecer una jornada anual en la que mujeres de distintos países pudieran unirse para exigir derechos políticos y sociales. La propuesta fue respaldada por más de cien delegadas provenientes de diecisiete países y, al año siguiente, en 1911, se realizaron las primeras manifestaciones internacionales. Más de un millón de personas marcharon en Alemania, Austria, Dinamarca, Suiza y Estados Unidos para reclamar no solo el sufragio, sino también el derecho al trabajo, a la formación profesional y el fin de la discriminación laboral (BBC News Mundo, 2026).
Sin embargo, el acontecimiento que terminaría por fijar definitivamente la fecha en el calendario ocurrió algunos años más tarde. En 1917, en medio del hambre y la guerra, las obreras textiles de Petrogrado iniciaron una huelga bajo la consigna “Pan y paz”. La protesta comenzó el 23 de febrero según el calendario juliano, equivalente al 8 de marzo en el calendario gregoriano (BBC News Mundo, 2026). Como recuerda Kaplan (1985), “los bolcheviques consideraban la movilización de las mujeres precipitada” (p.169), pero las manifestantes no retrocedieron. La magnitud de las protestas debilitó al régimen zarista y, pocos días después, el zar abdicó. El nuevo gobierno provisional reconoció el derecho al voto de las mujeres y convirtió a Rusia en una de las primeras potencias en hacerlo.

Rodríguez (2020) sostiene que el alcance político de este episodio fue tal que la Revolución Rusa comenzó precisamente ese día, cuando cerca de 50.000 trabajadoras se declararon en huelga contra la opinión de todas las tendencias políticas de la época. Desde entonces, el 8 de marzo se consolidó como una fecha de referencia internacional para las luchas de las mujeres. En 1918 ya se realizaban marchas en Viena y, en 1922, la conmemoración quedó oficialmente establecida en varios países (cfr. Kaplan, 1985). Décadas más tarde, en 1975, Organización de las Naciones Unidas reconoció formalmente la jornada y le otorgó un carácter global.

Recordar esta genealogía no es un ejercicio meramente historiográfico. Es una forma de comprender que las movilizaciones contemporáneas se inscriben en una historia más larga de organización y resistencia. Cada vez que las mujeres vuelven a ocupar las calles, lo que aparece no es solo una protesta coyuntural, sino la continuidad de un proceso histórico que ha buscado transformar las condiciones estructurales de desigualdad.
Quizá por eso, cuando la marcha finalmente avanza, la escena adquiere una densidad distinta. Las consignas que recorren la calle no pertenecen únicamente al presente, y resuenan con ecos de otras luchas, de otras mujeres que en distintos momentos de la historia también se negaron a aceptar el lugar que se les había asignado. Entre pancartas, cantos y pasos compartidos, lo que se vuelve visible no es solo la indignación frente a las injusticias actuales, sino la persistencia de una memoria colectiva que se rehúsa a desaparecer.
Ocho días después de la fecha oficial, las calles vuelven a recordarlo. El 8 de marzo no es simplemente un día en el calendario. Es el nombre de una historia que aún se escribe.
Las imágenes de la marcha parecen organizarse alrededor de tres emociones que, aunque distintas, se sostienen mutuamente: (i) el duelo; (ii) la rabia; y (iii) la solidaridad. El duelo aparece en los rostros impresos sobre el suelo, en las flores que alguien deja con cuidado frente a una imagen, en los pequeños altares improvisados donde la ciudad se convierte por un momento en un espacio de memoria.
En el suelo, los rostros de mujeres impresos en hojas forman un círculo alrededor de una escultura femenina. Flores, velas y objetos cotidianos convierten el espacio público en un altar improvisado. La escena recuerda que la marcha nombra a quienes ya no están, víctimas de violencias que el Estado y la sociedad han sido incapaces de detener.

Cada fotografía recuerda que la movilización no surge únicamente de una demanda abstracta por derechos, sino también de una historia marcada por ausencias concretas. Nombrar a quienes ya no están es una forma de insistir en que las violencias contra las mujeres no pertenecen al pasado ni a las estadísticas, sino que tienen nombres, rostros y biografías.

En una persiana metálica cerrada aparece pintada una frase directa: “Verga violadora a la licuadora”. El grafiti, repetido en distintas marchas feministas en América Latina, funciona como una forma de justicia simbólica. Frente a instituciones que muchas veces fallan en proteger a las mujeres, el muro se convierte en un espacio de denuncia.
Junto al duelo aparece la rabia. Está escrita en los muros, en los carteles, en las frases que se repiten con insistencia durante la marcha. No es una rabia caótica ni desordenada, sino una indignación política que nace de décadas de impunidad y silencios. Las consignas pintadas en rejas o persianas metálicas transforman el paisaje urbano en un espacio de denuncia. Allí donde la institucionalidad muchas veces ha sido incapaz de responder, la palabra pública emerge como una forma de justicia simbólica.
La imagen recuerda que el feminismo no solo cuestiona violencias explícitas, sino también las estructuras culturales que han colocado a las mujeres bajo vigilancia y control.

Pero entre el duelo y la rabia también se abre un registro solidario. Pues, en la multitud, mujeres que no se conocen se reconocen entre sí. Los carteles levantados por manos distintas comienzan a dialogar unos con otros, como si cada frase respondiera a otra pronunciada metros más adelante. Esa dimensión colectiva —la posibilidad de sentirse acompañada— es quizás una de las fuerzas más profundas de la movilización.

Una gran tela morada cuelga de una reja. Su mensaje conecta las luchas feministas con otras resistencias contemporáneas, mientras se recuerda que el patriarcado no opera aislado, sino entrelazado con otras formas de poder y dominación.
Si se observa con atención, cada fotografía de la marcha captura un instante de ese entramado emocional. No son solo registros visuales de una protesta, sino que son fragmentos de una escena más amplia donde la memoria, la indignación y la comunidad política se entrelazan.
Entre la multitud se levantan pancartas hechas a mano. No son consignas institucionales, sino frases nacidas de historias personales. Cada cartel convierte una vivencia individual en una declaración pública.


En la marcha, las mujeres se reconocen entre desconocidas. El gesto de levantar juntas los carteles crea una comunidad momentánea que transforma la calle en un espacio de solidaridad política. Lo que une a la multitud no es una experiencia idéntica, sino una conciencia compartida de desigualdad.
En la multitud, las pancartas comienzan a multiplicarse. Algunas están cuidadosamente diseñadas; otras apenas sostienen unas pocas palabras escritas con urgencia. Una mujer levanta la suya por encima de la cabeza mientras otra, a su lado, intenta leer lo que dice la pancarta de alguien más. Entre los carteles, las miradas se cruzan brevemente, como si cada frase encontrara eco en otra.
Las rejas, los parques y las aceras dejan de ser simples elementos urbanos y se convierten en soportes de la protesta. La ciudad, normalmente organizada por lógicas de tránsito y control, es temporalmente apropiada por quienes marchan para hacer visible aquello que suele permanecer oculto.


El color morado, repetido en telas, pañuelos y pancartas, conecta la marcha local con una tradición feminista internacional. Estos símbolos funcionan como un lenguaje político compartido que permite reconocer una lucha que trasciende fronteras.
Muchas de las consignas escritas no buscan ser estéticamente perfectas. Su fuerza radica en la urgencia del mensaje. Marcadores, pintura y cartón se convierten en herramientas políticas accesibles para cualquiera que quiera participar en la conversación pública.

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La frase aparece escrita con marcador sobre cartón y se levanta entre la multitud. No es una consigna teórica ni un eslogan elaborado; es una frase sencilla, casi doméstica, que expone una experiencia dolorosamente común. En pocas palabras, el cartel condensa una realidad que atraviesa a muchas mujeres: la violencia que puede habitar incluso dentro de relaciones que alguna vez comenzaron como afecto.
Cuando la marcha termina, los carteles, las pintadas y los objetos que quedan en el suelo evidencian que algo ocurrió allí. Son rastros de una irrupción momentánea que cuestiona quién tiene derecho a ocupar la ciudad y qué historias merecen ser escuchadas.

Desde cierta distancia, la escena adquiere otra dimensión: cuerpos, telas moradas, cantos que se superponen. La marcha avanza lentamente y, durante unos minutos, la calle deja de funcionar como un espacio de tránsito. Se convierte en un lugar donde la memoria se hace visible, la rabia se vuelve palabra y la solidaridad encuentra forma en el simple hecho de caminar juntas.
Cuando la marcha comienza a dispersarse, quedan en el suelo restos de carteles mojados por la lluvia y trazos de pintura morada sobre el asfalto. Caminar junto a la marcha también deja una certeza difícil de ignorar, pues aunque las violencias que atraviesan a las mujeres no son idénticas, todas comparten una experiencia común de vulnerabilidad dentro de un mismo orden social. No todas hemos vivido las mismas historias, pero pocas —si es que alguna— han transitado la vida sin enfrentarse a alguna forma de violencia, desde las más visibles hasta aquellas que se sostienen en gestos cotidianos que parecen insignificantes.
Reconocerlo no implica afirmar que todos los hombres sean necesariamente agresores; implica, más bien, señalar que existe una estructura que hace posibles esas violencias y que se reproduce a través de prácticas aparentemente pequeñas: callar frente a un abuso, ser amigo de un abusador, minimizarlo porque “no nos ocurrió”, desentenderse porque la responsabilidad parece pertenecer siempre a otro. Ese entramado —el pacto patriarcal— no se sostiene únicamente en individuos aislados, sino en una red de complicidades, silencios y tolerancias que involucra a toda la sociedad, incluidos los espacios donde las mujeres también participan de su reproducción.
Por eso la fuerza que emerge en el Día Internacional de la Mujer resulta tan significativa. La marcha no solo desmiente el viejo mito de que la peor enemiga de una mujer es otra mujer; también revela la posibilidad de una solidaridad distinta. En medio de la multitud, mujeres que no se conocen se reconocen, no por compartir exactamente las mismas historias, sino por habitar una experiencia común de vivir —y sobrevivir— como mujeres.
Esa dimensión afectiva, difícil de traducir en cifras o estadísticas, es quizás una de las fuerzas más radicales de la movilización: la conciencia de que transformar esa estructura exige algo más que indignación momentánea. Exige, también, una disposición colectiva —de mujeres y de hombres— a cuestionar las prácticas cotidianas que sostienen el orden que hoy se interpela.
Referencias:
BBC News Mundo. (2026, marzo 8). Cuál es el origen del Día de la Mujer y por qué se conmemora el 8 de marzo. BBC. https://www.bbc.com/mundo/articles/c51l4e48dvmo
Kaplan, T. (1985). On the Socialist Origins of International Women’s Day. Feminist Studies, 1, 163–171.
Rodríguez de la Vega Cuéllar, T. (2020). El feminismo marxista y la Sociología Clásica. Acta Sociológica, (81), 97–114.
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Estudiante de Derecho y Ciencia Política & Gobierno, con una aproximación crítica al derecho y a las instituciones políticas, inscrita en una tradición marxista de análisis del poder y la justicia social.
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