Hay una escena repetida en América Latina con la puntualidad de los rituales. Alguien dice: “haiga” o “hubieron muchas personas” y en algún rincón de la sala una ceja se arquea y cae un veredicto sin posible apelación: “esa persona no sabe hablar”. Lo curioso no es el error gramatical en sí, sino la velocidad con que se convierte en un juicio sobre la persona en su totalidad. Como si entre la conjugación de un verbo y la inteligencia, la cultura o la dignidad de quien habla hubiera una línea clara y robusta. En ese momento cotidiano, la puerta a una discusión sumamente antigua y profunda se abre: ¿qué significa realmente hablar bien? ¿Quién lo decide y en nombre de qué?

El purismo lingüístico, entendido como la tendencia a defender la “pureza” del idioma frente a extranjerismos, neologismos o formas populares de expresión, suele presentarse como un acto de amor hacia el lenguaje. De hecho, el purista ha sido definido como quien “cuida extraordinariamente la pureza del lenguaje cuando habla o escribe […] y se preocupa escrupulosamente de no emplear palabras o giros no consagrados como castizos del idioma” (Ludwig, 2001, p. 170). Pero vale la pena cuestionar esa imagen, porque toda vigilancia supone una frontera y toda frontera determina quién está adentro, quién está afuera y resulta en una forma más de dominación.

El lenguaje no es y nunca ha sido un código neutro. Pierre Bourdieu (1985) lo entendió con claridad cuando habló del mercado lingüístico: un espacio social donde ciertas formas de hablar tienen más valor simbólico que otras, donde el capital lingüístico (la capacidad de manejar esa variante legítima) se distribuye de manera desigual y análoga al capital económico. En este mercado, el purismo no aparece como defensa del idioma, sino como defensa de una variante específica de este, generalmente de las clases dominantes, y la eleva a una norma universal. Esto significa que la forma de hablar de los individuos funciona como una credencial de pertenencia o marca de exclusión. Quienes dominan la variante legitimada poseen una ventaja simbólica frente al resto: su forma de hablar es percibida como la correcta y culta; en cambio, las variantes vinculadas a sectores populares, regiones periféricas o comunidades históricas marginadas suelen desvalorizarse.

De esta forma, el purismo lingüístico no opera simplemente como una defensa del idioma, sino como un mecanismo de legitimación de una jerarquía social. Al presentar una variante específica como la correcta, se transforma una diferencia social en una supuesta norma universal, mientras que las demás variantes dejan de ser únicamente distintas, se clasifican como errores, deformaciones o degradaciones del idioma. La vigilancia del lenguaje termina por reproducir las mismas desigualdades que atraviesan el campo social, no es únicamente gramática, también es poder.

El efecto es sutilmente brutal. El estudiante con acento costeño en una universidad capitalina, el trabajador que no maneja el registro académico en una reunión formal, el indígena cuya primera lengua no es el español, todos comparten el peso de una deslegitimación que no necesita de argumentos porque ya está indirectamente codificada en las normas cotidianas. No hay necesidad de decirles explícitamente que son menos inteligentes; solo se les hace sentir que no saben hablar. El lenguaje no es solo la capa externa de los pensamientos, es la estructura misma de estos. Se dice que los límites del lenguaje son los límites del mundo; esto puede interpretarse como que imponer una forma única y legítima de hablar es un acto de exclusión social y epistémica; algunas formas de pensar, de nombrar y hablar la experiencia, de articular el mundo, quedan fuera del mapa de lo válido, y no porque sean falsas, sino porque no caben en el molde de la lengua autorizada.

Si lo vemos desde la historia colonial, el escritor keniano Ngũgĩ wa Thiong’o (2015), quien renunció al inglés para escribir en su lengua materna: gikuyu, describió la colonización como un proceso que operaba específicamente sobre la mente: primero se deslegitima el lenguaje del colonizado para luego deslegitimar su modo de ver el mundo. La imposición del idioma del colonizador no era únicamente un instrumento de comunicación, sino la instalación de una jerarquía sobre lo que merecía ser dicho, recordado y pensado. Ese legado no ha desaparecido en América Latina: la estigmatización de los acentos, la desvalorización de los dialectos diversos, la idealización de un español “neutro” que viene de los centros de poder mediático y académico son continuaciones inconscientes de esa misma lógica. El purismo así deja de ser inocente.

Nada de esto implica que el cuidado del lenguaje sea en sí mismo sospechoso. La precisión y la claridad son importantes y hay una verdadera existencia de textos que comunican y textos que oscurecen. Pero hay una distancia enorme entre ese cuidado legítimo y la conversión de la norma lingüística en un tribunal social. El problema no es querer hablar bien, sino usar el lenguaje como un instrumento de exclusión y como criterio para determinar quién merece ser escuchado.

Afortunadamente, el lenguaje nunca obedeció ni obedecerá esta regla. El lenguaje evoluciona, se mezcla, se contamina e inventa palabras nuevas para nombrar realidades nuevas, recupera giros que la norma había desechado. El español que hablamos es el resultado de siglos de cruces, desobediencias e impurezas, y eso no es un defecto, por el contrario, es su mayor virtud. El lenguaje puede ser un espacio de control, pero igualmente puede ser un espacio de resistencia y reexistencia. Cada vez que alguien nombra su existencia bajo sus propios términos, cada vez que una variante estigmatizada se convierte en vehículo de creación o de organización política, cada vez que una palabra popular se cuela en el diccionario o en la academia a pesar de la incomodad de los puristas, algo se mueve en el mapa de lo posible. No es una revolución, es un recordatorio de que el lenguaje no pertenece a la academia, pertenece a quien lo habla.


Referencias:

Bourdieu, P. (1985). ¿Qué significa hablar? Economía de los intercambios lingüísticos. Ediciones Akal.

Ludwig, R. (2001). Desde el contacto hacia el conflicto lingüístico: el purismo en el español.

Ngũgĩ wa Thiong’o. (2015). Decolonizar la mente: La política lingüística de la literatura africana. Debolsillo.


2 respuestas a «Sobre el lenguaje como campo de batalla cultural»

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    Estevan A.

    Pues bien a riesgo de pasar por purista o por hablante cuadriculado siempre he defendido el buen uso de la palabra, desde la correcta pronunciación hasta su uso en contextos adecuados a la semántica y verdadera sintaxis correlacionadas entre lo que se quiere expresar y lo que significa nuestro mensaje para el (los) interlocutores.

    Más allá de usar modismos de otros lugares los dejos al hablar característicos de cada región o país no deben ni tienen que ser barrera para una comunicación asertiva, mas por el contrario son aportes que de verdad hacen crecer el idioma más allá de la academia en su raíz lo hablantes, el reto está en usarlo de manera correcta y trascender ese uso idóneo a cada interacción hablada, escrita, cantada o en cualquier otra manifestación donde sea el verbo ese vehículo que nos acerca a comprender, aprender y aprehender de los intercambios diarios de ideas.

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    Fernanda

    Estoy de acuerdo con la crítica al purismo cuando se usa para excluir, pero tampoco hay que irse al otro extremo. Una cosa es reconocer que el lenguaje cambia y que no pertenece a élites como la RAE, y otra muy distinta es justificar la falta total de cuidado al escribir. La claridad no es un lujo académico, sino una condición básica para entendernos.

    Por otro lado, si bien el lenguaje jurídico es complejo y puede caer en esnobismos, que instituciones como la Corte Constitucional intenten hacer su lenguaje más accesible —como en la Sentencia T-350 de 2025 que resonó mucho acá en México— no significa simplificar hasta el descuido, sino comunicar mejor. Me preocupa que, para las nuevas generaciones y bajo el discurso de que “todo vale”, cada vez importe menos escribir bien. Puedo correr el riesgo de ser llamada elitista o academicista, pero considero que es, más bien, una responsabilidad comunicativa que ejercemos como [futuros] profesionales.

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