El triunfo electoral de José Antonio Kast en las elecciones chilenas de 2025 obliga a una lectura que vaya más allá del recuento de votos y de la alternancia institucional. No se trata únicamente de un giro ideológico ni de una oscilación coyuntural del electorado, sino de un síntoma político y social más profundo: el modo en que una democracia formal puede producir, por la vía electoral, proyectos que conciben el orden, la seguridad y la autoridad como respuestas a la desigualdad, la precariedad y la frustración acumulada. Analizar este resultado exige distinguir entre el acto electoral y el proceso histórico que lo hace posible. Es en esa distinción —central para comprender el presente— donde la reflexión política de Salvador Allende recupera toda su vigencia.
La democracia —a mi parecer— no puede ser vista como un ritual vacío ni como una simple técnica de alternancia. Sino como un campo de disputa permanente, atravesado por relaciones de poder materiales, por dependencias económicas, por climas culturales y por la lucha por la conciencia social. Por eso mismo, los procesos de transformación no fracasan solo por golpes de Estado, sino también por procesos más lentos y eficaces: el desgaste simbólico, la fragmentación del tejido social, la instalación del miedo y la normalización de la desigualdad.

Ahora mismo, muchos países del Cono Sur se ven frente a la coexistencia entre procedimientos democráticos formales y una estructura de exclusión tan profunda que puede vaciar esos procedimientos de contenido. En ese marco, el voto deja de ser una expresión plena de voluntad política y se convierte, muchas veces, en una reacción defensiva frente a la incertidumbre, el miedo y la precariedad.
En este sentido, estas condiciones no son naturales ni inevitables, sino el resultado de un orden económico internacional que reproduce la dependencia y limita estructuralmente la soberanía de los Estados periféricos. En ese sentido, el voto emerge hoy en una sociedad atravesada por precariedad estructural, endeudamiento crónico, miedo al descenso social y frustración acumulada frente a promesas incumplidas. En esas condiciones, los sectores dominantes no necesitan imponer el autoritarismo de inmediato: pueden recomponer su poder dentro de la legalidad y resignificar la democracia como instrumento de conservación del orden existente.
Por eso mismo, las elecciones no constituyen un punto de llegada, sino un momento dentro de un proceso político más amplio. Puede haber elecciones, puede haber parlamento y puede haber leyes, y sin embargo el pueblo seguirá marginado del poder real. Cuando eso ocurre, la democracia se vacía de contenido y queda disponible para ser utilizada contra los propios intereses populares, incluso contra aquellos que formalmente dice representar.
Esta advertencia adquiere una fuerza particular frente al triunfo de un proyecto político como el de José Antonio Kast en las recientes elecciones chilenas. Kast no representa simplemente una derecha conservadora más. Su propuesta se inscribe explícitamente en la tradición pinochetista como modelo de orden político, social y moral, actualizado para un contexto democrático formal.
El pinochetismo de Kast no es anecdótico ni meramente retórico. Es una matriz ideológica coherente que concibe la democracia como instrumento y no como valor; los derechos como condicionados y no universales; la violencia estatal como legítima cuando se ejerce contra determinados cuerpos, memorias y proyectos políticos; y el conflicto social como una patología que debe ser contenida, no como una dimensión constitutiva de lo político. Allende advirtió tempranamente que este tipo de proyectos no reaparecen de forma idéntica, sino adaptados a nuevas condiciones institucionales y culturales.
No es extraño que en los procesos de emancipación surjan gérmenes fascistas. Se moviliza a sectores medios, se utiliza el miedo, se fabrica un clima emocional que busca frenar el avance del pueblo. (…). El orden sin justicia no es orden: es antesala del autoritarismo. (Allende, 2016,[1971])
Augusto Pinochet encabezó un golpe de Estado en 1973, instauró una dictadura que se extendió hasta 1990 y dirigió un régimen responsable de violaciones masivas y sistemáticas de derechos humanos: tortura, desapariciones forzadas, ejecuciones, exilio, censura y represión política —hechos reafirmados, entre otros, por la sentencia Vega Gonzáles y otros vs. Chile de la CIDH en 2024—. Estos hechos no son materia opinable ni balanceable frente al crecimiento económico: constituyen crímenes de lesa humanidad.
Que un proyecto político contemporáneo se declare heredero de ese legado plantea un problema democrático de primer orden, incluso —y especialmente— cuando llega al poder por la vía electoral. El autoritarismo no siempre llega mediante la ruptura abierta de la legalidad; a veces llega a través de su reinterpretación y vacía sus garantías desde dentro.

Desde esta perspectiva, una derrota electoral —o una victoria reaccionaria— no cancela un proyecto histórico. Pero sí revela el estado de la conciencia política de las mayorías, algo central y profundamente frágil. Esto evidencia lo que Antonio Gramsci advertía al analizar las crisis de hegemonía: que los retrocesos políticos no se explican únicamente por derrotas institucionales, sino por procesos más largos de desgaste del sentido común, en los que la conciencia colectiva se fragmenta y el terreno de lo político es ocupado por narrativas que prometen orden, estabilidad y normalidad.
La pregunta que dejan estas elecciones no es únicamente quién ganó, sino qué ocurrió con esa conciencia: cómo se erosionó, cómo fue desarticulada o cómo fue sustituida por discursos de seguridad, autoridad y control.
Ese desgaste no proviene solo del miedo activado por la derecha ni de la eficacia de sus estrategias comunicativas, sino también del agotamiento que producen proyectos de izquierda que, aún proclamándose transformadores y altruistas, no lograron cumplir sus propias promesas ni sostener en la práctica el horizonte que enunciaron. Cuando la desigualdad persiste, la precariedad se normaliza y la política aparece como incapaz de traducir expectativas en experiencia concreta, la conciencia no se radicaliza: se repliega, se defiende o se despolitiza.
Leídas desde el presente, las elecciones no aparecen como el cierre de una historia, sino como una advertencia renovada. El legado de Allende no se mide por quién gana una elección, sino por la capacidad —o incapacidad— de sostener un proyecto democrático que articule transformación social, legalidad, memoria histórica y experiencia cotidiana. En ese sentido, el triunfo de José Antonio Kast no clausura el conflicto político chileno, sino que expone sus límites actuales: una democracia formal capaz de producir alternancia, pero frágil cuando se trata de contener proyectos que conciben el orden como sustituto de la justicia y la seguridad como reemplazo de la política. La pregunta que queda abierta no es electoral, sino histórica: qué tipo de democracia puede sostenerse cuando la memoria se presenta como obstáculo y no como advertencia, y cuando el miedo logra desplazar a la conciencia como principio de organización colectiva.
4 respuestas a «Elecciones, democracia y conciencia política: una lectura desde Allende»
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Una columna muy sólida y bien argumentada. Más allá de las posiciones políticas, se agradece una lectura que no se quede en el resultado electoral inmediato, sino que invite a pensar la democracia, la memoria y la conciencia política desde una perspectiva histórica y crítica. Como chileno, creo que este tipo de reflexiones son necesarias, precisamente porque incomodan y obligan a mirar más allá de lo evidente. Felicitaciones por la claridad y la profundidad del análisis.
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Un texto lúcido y necesario: recuerda que las elecciones no son el fin de la política, sino un síntoma del estado de la democracia y de la conciencia social. El triunfo de Kast aparece menos como una “anomalía” y más como el resultado de una democracia vaciada por la desigualdad, el miedo y el desgaste de proyectos transformadores incapaces de cumplir sus promesas. La advertencia central es potente: cuando el orden sustituye a la justicia y la seguridad reemplaza a la política, la legalidad puede volverse el vehículo del autoritarismo.
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De parte de un chileno, debo decir que me pareció muy completo, analítico e interesante como fue planteada la situación de la contingencia nacional. La presentación de los puntos de vista, contexto histórico y una posible (y bien argumentada) respuesta de por que ganó el candidato del partido republicano, hacen de este una columna digna de tener en cuenta para los futuros analisis de la democracia en toda Latinoamerica.
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Interesante reflexión. El texto muestra bien cómo las elecciones no siempre reflejan una verdadera conciencia política y cómo la democracia puede vaciarse de contenido cuando se pierde la memoria histórica y el sentido social. Da para pensar más allá del simple acto de votar.
Estudiante de Derecho y Ciencia Política & Gobierno, con una aproximación crítica al derecho y a las instituciones políticas, inscrita en una tradición marxista de análisis del poder y la justicia social.
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