Las nuevas formas de influencia política y los desafíos para la legitimidad democrática en América Latina

Durante gran parte del siglo XX, las amenazas contra la democracia en América Latina fueron fácilmente identificables: golpes de Estado, dictaduras militares e intervenciones directas en los asuntos internos de los países de la región por parte de potencias extranjeras. Sin embargo, en el siglo XXI, las formas de influencia han mutado. La expansión de las tecnologías digitales, el auge de las estrategias de comunicación política transnacional y el respaldo explícito de actores extranjeros a determinados proyectos políticos han dado lugar a nuevas formas de injerencia que desafían la autonomía de los procesos democráticos sin recurrir a mecanismos tradicionales de coerción.

En este contexto, el concepto de injerencia híbrida adquiere especial relevancia para comprender cómo potencias extranjeras pueden incidir en las dinámicas políticas de otros Estados mediante herramientas diplomáticas, económicas y comunicativas. El caso de las elecciones presidenciales hondureñas y el respaldo público expresado desde Estados Unidos hacia Nasry “Tito” Asfura reabrieron el debate sobre los límites entre la diplomacia legítima y la influencia política externa. Más allá de determinar si estas acciones modifican directamente los resultados electorales, resulta pertinente preguntarse por sus efectos sobre la confianza ciudadana y la percepción de legitimidad democrática.

Por esto, la injerencia híbrida representa una amenaza creciente para las democracias contemporáneas, pues erosiona la legitimidad de los procesos políticos sin recurrir a mecanismos tradicionales de coerción; así entonces, el respaldo abierto de potencias extranjeras a determinados actores políticos en América Latina evidencia cómo la influencia externa puede reconfigurar la competencia democrática y debilitar la confianza ciudadana.

La guerra que no parece guerra

Las amenazas a la democracia ya no se manifiestan exclusivamente a través del uso directo de la fuerza. Los cambios tecnológicos y geopolíticos han permitido el surgimiento de estrategias de influencia más sofisticadas, difíciles de identificar y, en muchos casos, compatibles con los marcos formales de la legalidad internacional.

Hoffman (2007) sostiene que las amenazas híbridas se caracterizan por la utilización coordinada de distintos mecanismos de presión e influencia que buscan moldear el comportamiento de otros actores sin recurrir necesariamente al uso directo de la fuerza.

Desde esta perspectiva, la injerencia híbrida no implica necesariamente la manipulación directa de procesos electorales. También puede manifestarse mediante declaraciones públicas de líderes extranjeros, campañas de desinformación o estrategias orientadas a moldear la percepción ciudadana respecto de determinados actores políticos.

En este punto, los aportes de Joseph Nye (2004) resultan particularmente relevantes. Según este autor, los Estados pueden influir en otros no solo a través de la coerción, sino también mediante el poder blando (soft power), entendido como la capacidad de atraer y persuadir a otros actores para que adopten determinadas preferencias. Aunque esta forma de influencia constituye un elemento habitual de las relaciones internacionales, su utilización en contextos electorales plantea interrogantes sobre los límites entre la persuasión legítima y la interferencia política.

Democracia y confianza

Pierre Rosanvallon (2007) sostiene que las democracias contemporáneas se desarrollan en una permanente tensión entre confianza y desconfianza. La vigilancia ciudadana sobre el ejercicio del poder constituye una dimensión saludable del sistema democrático; no obstante, cuando dicha desconfianza se transforma en sospecha permanente hacia la integridad de las instituciones, la legitimidad democrática comienza a deteriorarse.

En este contexto, pronunciamientos de actores extranjeros que sugieren consecuencias económicas o diplomáticas asociadas al triunfo de determinados candidatos pueden profundizar la percepción de que los procesos electorales nacionales se encuentran condicionados por intereses externos. El caso hondureño resulta ilustrativo en torno a este particular. Las advertencias realizadas desde Estados Unidos sobre posibles repercusiones económicas si no resultaba electo el candidato respaldado por Donald Trump trascendieron el ámbito de la preferencia política y reavivaron el debate sobre los límites entre la diplomacia y la injerencia. Dicho de otro modo, su existencia contribuyó a alimentar cuestionamientos sobre la autonomía de las decisiones colectivas y, en consecuencia, sobre la legitimidad de los resultados democráticos.

La legitimidad no depende exclusivamente del cumplimiento formal de procedimientos electorales. También requiere que la ciudadanía perciba dichos procedimientos como justos, transparentes y autónomos. Cuando actores externos intervienen o son percibidos como capaces de intervenir en la competencia política interna, se debilita la convicción colectiva de que los resultados expresan genuinamente la voluntad popular.

En este sentido, la amenaza más preocupante de la injerencia híbrida no consiste únicamente en alterar el comportamiento electoral, sino en sembrar incertidumbre respecto a la autenticidad misma de los procesos democráticos.

Esta preocupación resulta particularmente relevante en América Latina. Como se observa en la Figura 1, Latinobarómetro (2024) muestra que la satisfacción con la democracia en la región alcanzó apenas el 33 % en 2024, una cifra que refleja una persistente brecha entre el apoyo normativo a la democracia y la valoración de su funcionamiento efectivo. Aunque los ciudadanos continúan considerando la democracia como la forma de gobierno preferible, una parte importante de la población expresa descontento con la manera en que las instituciones responden a sus demandas y representan sus intereses.

Figura 1. Satisfacción con la democracia en América Latina (1995-2024). Fuente: Latinobarómetro (2024).

Esta situación se vuelve aún más preocupante al analizar la confianza en las instituciones electorales. Según Latinobarómetro (2024), únicamente el 34 % de los latinoamericanos manifiesta mucha o alguna confianza en dichas instituciones (Figura 2), mientras que países como Colombia registran niveles aún más bajos, cercanos al 17 %. Estos datos evidencian una fragilidad institucional que trasciende coyunturas políticas específicas y afecta directamente la legitimidad democrática.

Figura 2. Confianza en la institución electoral en América Latina (2006-2024). Fuente: Latinobarómetro (2024).

En este contexto, la injerencia híbrida encuentra condiciones propicias para amplificar percepciones de ilegitimidad. Cuando actores externos respaldan públicamente a determinados candidatos, intervienen en debates nacionales o intentan influir sobre la opinión pública mediante mecanismos diplomáticos, económicos o comunicativos, dichas acciones no operan sobre democracias plenamente consolidadas y confiables, sino sobre sistemas donde la confianza ciudadana ya presenta signos de deterioro. Por ello, el principal riesgo de la injerencia híbrida no consiste únicamente en alterar preferencias electorales, sino en profundizar una crisis de confianza preexistente que debilita uno de los pilares fundamentales de la democracia: la creencia de que las instituciones actúan de manera autónoma y representan genuinamente la voluntad popular.

Asimismo, Levitsky y Ziblatt (2018) advierten que las democracias contemporáneas rara vez desaparecen mediante rupturas abruptas puesto que con mayor frecuencia experimentan procesos graduales de erosión institucional. Desde esta perspectiva, las amenazas a la democracia no siempre provienen de actores que rechazan abiertamente el sistema, sino también de dinámicas que debilitan progresivamente la confianza sobre la cual este se sostiene.

Honduras y los nuevos dilemas de la soberanía democrática

La historia latinoamericana ha estado marcada por distintas formas de intervención extranjera. Sin embargo, las modalidades contemporáneas de influencia difieren significativamente de aquellas asociadas a la Guerra Fría. Actualmente, las declaraciones diplomáticas, los respaldos públicos y las estrategias comunicativas transnacionales pueden adquirir una relevancia política considerable.

El caso hondureño constituye un ejemplo ilustrativo de estas transformaciones. El respaldo expresado desde Estados Unidos hacia Nasry “Tito” Asfura reabrió el debate sobre los límites entre la cooperación internacional y la influencia política externa en contextos electorales. Más allá de determinar si dicho respaldo tuvo efectos concretos sobre el comportamiento electoral, resulta pertinente preguntarse qué implicaciones tiene para la percepción ciudadana sobre la autonomía democrática.

Desde una perspectiva empírica, establecer relaciones causales directas entre el apoyo extranjero y el resultado de una elección resulta extremadamente complejo. Las decisiones electorales responden a múltiples factores internos: trayectorias partidistas, condiciones económicas, identidades políticas y dinámicas sociales específicas. Sin embargo, centrar el debate exclusivamente en la causalidad puede invisibilizar un problema igualmente importante: la erosión de la confianza institucional.

Cuando actores externos manifiestan preferencias explícitas respecto de determinados candidatos, se fortalece la idea de que las decisiones políticas nacionales podrían estar condicionadas por intereses ajenos a la ciudadanía. En sociedades donde la confianza institucional ya es frágil, estas percepciones pueden contribuir al aumento de la polarización y de las narrativas de ilegitimidad.

Las relaciones diplomáticas y la cooperación entre Estados constituyen componentes esenciales del orden internacional contemporáneo. No obstante, cuando estas dinámicas se desarrollan en escenarios electorales sensibles, la línea que separa la expresión legítima de preferencias internacionales y la injerencia política se vuelve cada vez más difusa.

Durante décadas, la defensa de la democracia fue entendida como la protección frente a amenazas visibles y fácilmente identificables. Hoy, sin embargo, los desafíos son considerablemente más complejos. Las nuevas formas de influencia política no requieren necesariamente del uso de la fuerza, pueden manifestarse a través de narrativas, respaldos diplomáticos o estrategias orientadas a moldear percepciones.

La injerencia híbrida pone de manifiesto que las democracias pueden verse afectadas incluso cuando sus procedimientos formales permanecen intactos. En este contexto, la confianza emerge como uno de los recursos políticos más valiosos y, al mismo tiempo, más vulnerables.

El caso hondureño evidencia que las discusiones sobre soberanía democrática ya no pueden limitarse a la defensa del territorio o a la prevención de intervenciones militares tradicionales. También deben incorporar una reflexión crítica sobre las nuevas formas de influencia capaces de alterar la manera en que los ciudadanos interpretan la legitimidad de sus instituciones.

Después de todo, las democracias no se sostienen únicamente mediante normas jurídicas o procesos electorales. Su estabilidad depende, en gran medida, de una convicción compartida, la cual es la certeza de que las decisiones políticas emanan genuinamente de la voluntad de quienes participan en ellas. Cuando esa certeza comienza a desdibujarse, incluso en ausencia de pruebas concluyentes sobre manipulaciones directas, la democracia entra en una zona de vulnerabilidad difícil de revertir.

La guerra que no parece guerra no busca necesariamente imponer gobiernos por la fuerza. En ocasiones, su mayor victoria consiste en sembrar dudas suficientes para que los ciudadanos dejen de confiar en las instituciones encargadas de representarles. Y si la confianza constituye uno de los pilares fundamentales de la vida democrática, protegerla debería convertirse en una de las principales tareas políticas del siglo XXI.


Referencias bibliográficas:

Hoffman, F. G. (2007). Conflict in the 21st Century: The Rise of Hybrid Wars. Potomac Institute for Policy Studies.

Latinobarómetro. (2024). Informe 2024: La democracia resiliente. Corporación Latinobarómetro. Disponible en: https://www.latinobarometro.org/noticias/informe-latinobarometro-2024-la-democracia-resiliente

Levitsky, S., & Ziblatt, D. (2018). Cómo mueren las democracias. Ariel.

Nye, J. S. (2004). Soft Power: The Means to Success in World Politics. Public Affairs.

Rosanvallon, P. (2007). La contrademocracia: La política en la era de la desconfianza. Manantial.


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